Hoy se cumplen 174 años de la Batalla de Caseros (3 de febrero de 1852), un hecho militar que fue, sobre todo, un punto de inflexión político e institucional en la historia argentina.
La derrota de Juan Manuel de Rosas a manos del Ejército Grande comandado por Justo José de Urquiza puso fin a un largo ciclo de hegemonía personal y abrió la posibilidad —hasta entonces bloqueada— de organizar constitucionalmente la Nación. Caseros no resolvió de inmediato los conflictos, pero destrabó el problema central: la imposibilidad de dictar una Constitución que ordenara el poder, fijara reglas comunes y limitara el predominio de Buenos Aires sobre las provincias.
Las consecuencias fueron profundas. En lo inmediato, Urquiza convocó al Acuerdo de San Nicolás, que sentó las bases para el Congreso Constituyente de 1853 y la sanción de la Constitución Nacional, verdadero acto fundacional del Estado argentino moderno. En lo estructural, Caseros marcó el pasaje —conflictivo, incompleto y resistido— del poder personal al principio de legalidad, del mando carismático a la institucionalidad, del orden sostenido por la fuerza al orden sostenido por normas.
Caseros no inauguró una etapa de armonía, pero sí una nueva gramática política: desde entonces, los conflictos argentinos ya no se discutirían solo en el campo de batalla, sino también —y cada vez más— en el terreno de las leyes, las constituciones y las instituciones. Por eso, más que una victoria militar, Caseros fue el comienzo del problema argentino moderno: cómo convivir bajo reglas comunes.


